Hoy en el trabajo hemos salido a tomar café a la facultad de Medicina, como viene siendo habitual durante los últimos tiempos. Además, teníamos que hablar de algunos asuntos que ahora mismo no vienen a cuento.

Como éramos seis, hemos tenido que llevar dos coches. Yo he llevado el mío, pero he decidido ser buena y estacionarlo en el propio aparcamiento, en lugar de meterlo literalmente en el barro para aparcarlo justo al lado de la puerta trasera de la facultad. Por eso los dos compañeros y yo que íbamos en mi coche hemos tardado en llegar a la cafetería un par de minutillos más que los otros tres que iban en el otro coche.

Así que nos hemos perdido la mitad del espectáculo. Sí. Espectáculo.

En la barra de la cafetería había un tipo vestido normalmente (salvo por un colgante un tanto hippie), pero que no se comportaba normalmente. Básicamente porque tenía encima un pedo ciego de órdago. Al principio, justo antes de llegar nosotros tres, ha estado un poquito agresivo (o eso han dicho los tres compañeros que ya estaban allí), pero luego se ve que se ha calmado.

Lo justo para esperar que nos sentáramos con nuestros cafés a la mesa, y venirse detrás a hablar. No le he entendido del todo, en parte por las incoherencias que decía, en parte por la forma pastosa de hablar; pero sí hemos entendido que nos ha hablado del don que cada uno tiene dentro. Y de cómo se manifiesta a través de la forma de nuestras manos. Según él, se puede saber cuál es la profesión adecuada para cada persona con sólo mirar sus manos. A un compañero le ha dicho que tiene manos de pintor, y a otro, de ebanista. Y a un tercero le ha dicho que tiene madera de guerrero. Y la verdad es que a ese en particular sí que me lo imagino espada en mano rebanando cabezas.

Ahora que lo pienso, a mí no ha llegado a decirme qué veía en mis manos xD

A mí siempre me han fascinado las manos, pero por otros motivos: creo que son una de las partes más expresivas y sinceras de nuestro cuerpo. Tu cara puede mentir, pero tus manos nunca mienten.

La pena es que las manos de este tipo hablaban de lo mismo de lo que hablaba el resto de su aspecto: de alguien que, realmente, está muy hundido. Lo suficiente como para estar como una cuba a las 11 de la mañana.